La descubrí hace muchos años en un ciclo de aquellos que daba nuestra televisión, en este caso dedicado al cine negro, que me descubrió a Humphrey Bogart, Edward G. Robinson, Fritz Lang, Otto Preminger, Raoul Walsh o James Cagney. Siempre recordaré un momento de la película en el que empecé a encogerme en el sofá hablando con la tele diciendo: “Lo van a pillar…. lo van a descubrir”.
Una película que empieza de forma simpática con dos amigos riéndose de su otro amigo, un respetable profesor, hechizado ante un cuadro expuesto en un escaparate, que muestra a una hermosa mujer. Fantasean sobre lo que podrían hacer aprovechando que se han quedado de “Rodriguez” en la ciudad, pero la historia va “in crescendo” y todo va complicándose más y más…. y más aún, sin soltarnos en ningún momento de la hora y media que dura.
Edward G. Robinson está espléndido y el reparto lo completan la hermosa Joan Bennett y dos secundarios de lujo como Raymond Massey y Dan Duryea. También decir que la película tiene dos finales, el que ha quedado para siempre que lo decidió Fritz Lang y uno que terminaría justo dos minutos antes… para no hacer spoilers.