Cuando Woody Allen es elogiado por su capacidad de trabajo, o su ingenio y talento, suele contestar que si en realidad tuviera talento, sería músico. Y en más de una entrevista ha explicado que la parte que más le gusta del proceso de creación de una película, es elegir la música para cada escena. Tan es así, que alguna vez ha ideado una secuencia completa, para poder incorporar un tema determinado, o casi ha elaborado una película, en torno a una idea de canciones concretas.
En esta línea, como director, reconoce la deuda que tiene con el cine clásico americano, y como espectador declara que “algunas de mis películas favoritas son musicales (“Gigi”, “My fair lady“, “Cantando bajo la lluvia” (Singin’ in the rain)”. Ciertas películas anteriores suyas hacen referencia directa al musical: el Cheek to Cheek de Fred Astaire en “La rosa púrpura de El Cairo” (The purple rose of Cairo), “Cantando bajo la lluvia” como película terapéutica en “Delitos y faltas”; el estreno de “Ellos y ellas” (Guys and dolls) en “Misterioso asesinato en Manhattan (Manhattan murder mystery) y sobre todo, “Poderosa Afrodita” (Mighty Aphrodite), donde probaba un par de números musicales con el coro griego de protagonista, cantando a Cole Porter.
Pero hasta 1996 no se decidió a rodar un musical en sentido estricto, esto es, una historia con canciones y números de bailes que interpretasen los protagonistas y que ayudan a avanzar y comprender mejor la historia. Para ello volvió abiertamente, sin complejos y de un modo directo y desenfadado, a un territorio conocido: la comedia y Nueva York, aunque también, y por clara referencia al musical (“Un americano en París” (An American in Paris), “Una cara con ángel” (Funny face), “Gigi”), buena parte de la historia se desarrollaría en París. Además, como tercera ciudad cinematográfica se añade Venecia, que bien pudiera entenderse como referencia a Cole Porter y a “Sombrero de copa” (Top hat).
Contaría todavía con su equipo habitual. Pudo rodar esas ciudades maravillosas, con la luminosidad elegante pero poderosísima de Carlo Di Palma (fotógrafo de Allen desde “Hannah y sus hermanas” (Hannah and her sisters), un artista de las tonalidades ocres, la iluminación global y la luz indirecta. Su luminosidad conecta en algunos momentos, con la imaginería de los grandes musicales clásicos. De la coreografía se ocuparía Graciela Daniele (“Balas sobre Broadway” (Bullets over Broadway), “Poderosa Afrodita” y la dirección musical correría a cargo de Dick Hyman (habitual de Allen entonces y ahora), que se ocuparía de los arreglos, y de la música incidental: adjudica leit-motivs a los distintos personajes, partiendo de la canción que interpretan.
Con estos mimbres y una cuidadísima selección de canciones, Allen brinda un claro homenaje al gran cine musical americano, sin pretender reavivarlo ni redescubrirlo. Simplemente lo revisita, y lo vivifica. Eso sí, mantiene el buen pulso para que ese homenaje no caiga en la parodia, ni en la imitación, ni en el ridículo. Es decir, parte del género musical clásico, para construir una película musical con el sello inconfundible del mejor Woody Allen.
La película se abre con un travelling lateral que bien pudiera pertenecer a muchas otras películas de Allen, salvo que en esta ocasión los personajes están cantando. Quizá por indicación de su entonces montadora habitual (Susan E. Morse), el director deja claro desde el principio, que se trata de un musical. Pero además, a medida que avanza la canción, se descubre el tono que tendrá la película. El tema Just You, Just Me, es cantado consecutivamente por transeúntes de las calles de Nueva York, a cual más diferenciado: tres mujeres empujando sendos carritos de bebes, una cuidadora y su anciana paciente, un mendigo pidiendo con un vaso de plástico, para terminar con un salto humorístico y sorprendente (y un guiño a coreografías de Gene Kelly), cuando los maniquíes del escaparate de la tienda de Yves Saint Laurent, comienzan a bailar al ritmo de la canción.
Los actores cantan cuando (tal como indicaba Stanley Donen a propósito de “Cantando bajo la lluvia”), verdaderamente a cualquiera le apetecería. Y estarán rodeados de un nutrido grupo de excelentes bailarines y de música muy bien arreglada por Hyman. Así, no importará la poca capacidad vocal o física de los actores, sino que será aprovechada como contraste entre la realidad y la figuración, en un juego muy propio de Allen. Cuando Edward Norton, en uno de los número más celebrados de la película, comienza a cantar My Baby Just Care For Me, en la joyería Harry Winston, y es acompañado en el baile por los dependientes y clientas, acentuará lo patoso de sus movimientos marcando no solo un humorismo, sino la concepción de este musical alleniano, donde cualquiera puede cantar y sentirse de pronto arropado por otras personas.
Otras canciones están interpretadas por un grupo de cantantes y bailarines de evidente formación. Estos números además, al igual que el de la joyería, siendo una película de Woody Allen, están rodados en largos planos secuencia, con lo que se puede disfrutar de la calidad de la concepción coreográfica y escénica sin cortes y a pantalla completa. Eso ocurre en el inusual número de Makin’ Whoopee. Inusual por estar situado en un hospital y ser sus intérpretes enfermos cojeando que realizan acrobacias con las muletas, o que se deslizan utilizando sus goteros para ello.
En conclusión, es una sentida mirada a la vida vivida con un poco de magia (palabra que aparece varias veces en la película), música, y la importancia del humor y de hacer reír a la otra persona. De hecho, es el más claro homenaje que Woody Allen ha realizado a los Hermanos Marx. No solo en el uso del humor absurdo, sino a ellos mismos como personajes. Para empezar, con el ballet ya citado. Pero es que el título de la película es de la canción que cierra la cinta, extraído de “Plumas de caballo” (Horse feathers), una de las películas de los Hermanos Marx; ese tema está cantado en una fiesta temática donde todos los asistentes van disfrazados de algún hermano Marx, lo que le permite a Woody cumplir uno de sus sueños, que no era otro que salir con bigote en alguna película. En ese baile se cierra la historia, tan extravagante que uno de los personajes cree que para poder hacer una película de ella, “tendría que ser un musical”.
Y así, este musical se convierte en un análisis festivo de las relaciones amorosas y las distintas visiones del amor que se pueden tener a distintas edades. En su día chocó un poco que Allen tratara también el amor adolescente, pero en realidad se trata de una visión de conjunto que termina complementándose. Y vista hoy resulta ser uno de los trabajos más brillantes del director. Aúna las tendencias más cómicas de su humor absurdo, con una mayor profundidad de análisis del temperamento y las relaciones humanas, y con un mayor desarrollo de técnicas, complejidad y lenguaje cinematográfico. Debido a que es una comedia musical, casi todas las historias terminan bien. Incluso la única que no mantiene un happy end tipo, la de Allen con Roberts, es suavizada con una dosis de ternura y esperanza en el número final y en la charla posterior, en donde el personaje de Allen al menos mantiene la amistad profunda con su exmujer, interpretada por Goldie Hawn.
Esa idea de comedia desenfadada, mezclada con tintes nostálgicos y amargos, y un puntito de magia, acompañada de magníficas canciones y envuelta en la cálida fotografía de Carlo Di Palma, originan una gran película. Si no se quiere reconocer como una obra maestra, se queda muy cerca. Contiene, además, uno de los cuatro momentos de imaginería cinematográfica más perfectos de Woody Allen, que es el baile entre Woody y Goldie Hawn a orillas del Sena, con Notre Dame al fondo. Es una referencia evidente al cine musical y a determinadas películas, tiene una cuidadísima iluminación (que permite ver de noche todo el muelle, Notre Dame al fondo, y a los bailarines en primer término), y, gracias a esa concepción entre nostálgica y mágica de la música y el baile, la secuencia deja en el espectador un recuerdo absolutamente perdurable como solo las grandes imágenes del Cine consiguen, y confiere a la memoria de la película un sabor amable.
De los otros tres momentos, imágenes mágicas cinematográficas, dos de ellos también tendrían que ver con la música y la concepción musical del cine de Woody Allen, y serían la ya citada secuencia de Someone Who Watch Over Me con el Puente de la Calle 59 al fondo, en “Manhattan”, y el coro griego cantando You do Something to Me en un estrado en el Central Park mientras la pareja de enamorados pasea, en “Poderosa Afrodita”. El último momento, más reciente en el tiempo, es la pelota de tenis suspendida en el aire, con la voz en off resonando, en el arranque de “Match Point“.
MÚSICA Y LETRAS: Varios
La edición en dvd es casi tan escueta y poco cuidada como la mayoría de las ediciones de películas de Woody Allen. En esta ocasión, podría haber contenido como extras todo lo recortado del personaje de Liv Tyler, que hasta cantaba una canción, o una buena colección de tomas falsas, que a buen seguro surgieron durante un rodaje, que por otro lado fue muy apacible y relajado. Sin embargo sólo trae, junto a las fichas habituales, un pequeño “como se hizo” y alguna colección de declaraciones o reflexiones en torno a la película. En la versión doblada las canciones no están subtituladas.
La banda sonora está editada y merece la pena por la recopilación de las canciones y por la curiosidad de las interpretaciones. Recoge además momentos de música incidental como la versión salsa de Just You, Just Me.