Esta historia arranca en 1914, cuando George Bernard Shaw, Premio Noel de Literatura en 1925, consiguió su primer éxito en Londres, al estrenar una obra suya llamada Pigmalion, que rápidamente se convirtió en una comedia clásica que se repone cada cierto tiempo.

Algunos compositores o letristas se acercaron a Shaw con la intención de hacer de ella un musical, pero Shaw, experto crítico musical desde los 29 años, autor entre otras de “El perfecto wagneriano” siempre negó su consentimiento para convertirla en un musical, argumentando que la obra, de por sí ya tenía su propia música.

El título hacía referencia a Pigmalion, rey de Chipre, hábil escultor que no encontrando la mujer ideal con la que casarse, esculpió una imagen de la belleza suprema a la que llamó Galatea, de la que se enamoró desesperadamente y acudió a la diosa Afrodita, para que la trajera a la vida y así poder materializar su relación con ella. Shaw tomó el nombre del mito, donde un profesor de fonética inglesa apuesta con un amigo que es capaz de hacer pasar a una florista callejera sin ninguna educación, por una dama de la alta sociedad en un plazo de seis meses, terminando enamorándose de su propia creación.

Gabriel Pascal, admirador de la obra de Shaw, consiguió convencerle para que le vendiese los derechos para llevar la historia al cine.  Anthony Asquith dirigió en 1938  la película, que aún hoy día es considerada  una de las mejores producciones inglesas de los años treinta. Estuvo nominada a los Oscar como mejor película y mejores actores principales, con Leslie Howard el inolvidable Ashley de “Lo que el viento se llevó” (Gone with the wind) fue Higgins, el profesor de fonética y Wendy Hiller encarnó a la florista Eliza Dolittle, aunque el único Oscar que consiguió el film, fue al mejor guión.

Tras la muerte de Shaw en 1950, Gabriel Pascal, propietario aún de los derechos, se dirigió a varios compositores con la intención de hacer de la obra un musical, pero ni Noel Coward, ni Cole Porter, ni Richard Rodgers con Oscar Hammerstein se decidieron por acometer la tarea, por no ver claras sus posibilidades como musical. Leonard Bersntein también fue tentado por el proyecto pero desistió al final, argumentando que la obra ya era perfecta tal y como estaba, por lo que no tenía ningún sentido tocarla.

Finalmente Alan Jay Lerner se hizo cargo del libretto y letras de las canciones, mientras que Frederick Loewe se encargó de la música, consiguiendo encontrar la fórmula para hacer de ella el musical que todos conocemos, si bien renunciaron a los seis meses ante las dificultades que le veían, aunque afortunadamente la retomaron más tarde, con la premisa de que ninguna canción traicionaría el espíritu o inteligencia del texto original.

La adaptación de Lerner & Loewe tomó elementos de la película que no estaban en la pieza original, incluso el final fue cambiado en varias ocasiones, ya que no terminaba de encajar en la obra. Incluso el  original que dejó escrito Shaw como un epílogo de la obra en el que Eliza se casa con su enamorado Freddy y juntos montan una verdulería, era impensable. Curiosamente fue al adaptar el argumento para el cine, cuando Shaw consintió al director Asquith, que acercase a  los dos protagonistas Eliza y Higgins. Hoy en día nos cuesta creer que algunos de los momentos más brillantes de la obra, como el de las carreras de Ascott, las clases de dicción o el baile de la embajada, nunca estuviesen en la pieza original que escribiese Shaw.

My Fair Lady fue el titulo con que se estrenó el musical en Broadway, recibiendo todos los beneplácitos de crítica y público, consiguiendo permanecer en cartel 2.717 funciones, convirtiéndose en la obra con mayor permanencia en Broadway, hasta que en 1968 fue destronada por El violinista en el tejado (Fiddler on the roof), otro musical.

La elección de Rex Harrison como el misógino y distinguido profesor Higgins no fue fácil ya que el propio actor, a pesar de tomar clases de canto, al descubrir su limitado registro vocal, manifestó su decisión de abandonar el proyecto a lo que los autores se negaron permitiéndole que recitase las canciones, algo completamente inusual en aquel momento, pero que los mismos autores volvieron a consentir a Lee Marvin, años después cuando lo eligieron para interpretar el papel protagonista de La leyenda de la ciudad sin nombre (Paint your wagon).

Para Eliza Dolittle se recurrió a una joven inglesa desconocida de diecinueve años llamada Julie Andrews, terminada de salir del musical “El novio” (The boyfriend). Su interpretación fue tan impecable que el mismo Alan Jay Lerner dijo de ella que “desde el momento en que aparece en escena, uno puede ver cómo irradia con esa indefinible sustancia que es lo que marca la diferencia entre talento y estrella”.

A los dos años de representaciones, el musical fue transferido a Londres, donde la expectación por ver la obra se había disparado, incluso la esposa del director teatral dijo que se sentía feliz de que por fin Eliza y Shaw volviesen a casa. El éxito en Londres fue tan impresionante como en Broadway, alcanzando las 2.281 representaciones y en 1964, Warner Brothers adquirió los derechos para llevar el musical al cine, estallando un escándalo mayúsculo cuando se habló del reparto elegido para el cine.

Warner decidida a hacer del musical un gran éxito quiso asegurar como profesor Higgins al actor británico Peter O’Toole, del que contaban maravillas los que le habían visto en proyecciones privadas de la película “Lawrence de Arabia“, que aún no se había estrenado. O’Toole estuvo de acuerdo en hacer el musical, pero sus pretensiones económicas lo sacaron del proyecto. La siguiente desafortunada opción fue la de poner a Cary Grant, americano con acento barriobajero, lejos de la dicción que requería el personaje de un profesor de fonética inglesa.

Finalmente y a pesar de haber transcurrido más de diez años desde su estreno, Warner Brothers decidió contratar a Rex Harrison que había creado el personaje en Broadway. Le enviaron una citación para hacerle una prueba de pantalla, a la que el actor por toda respuesta les envió una foto suya desnudo en una barca, con una botella de champagne en una mano y un periódico estratégicamente colocado en la otra. El estudio lo tomó como una broma simpática y le ofreció el papel por 200.000 dólares.

Para el papel femenino rechazaron a Julie Andrews con la excusa de que no era popular y carecía de gancho para la pantalla, contratando a Audrey Hepburn, actriz carismática y favorita del público, a la que pagaron un millón de dólares repartido en varios años,  para que no fuera tan gravoso fiscalmente para la actriz. El berrinche de Julie Andrews fue mayúsculo, al ver como se le escapaba el papel que ella había creado,  contando además con todos los requisitos para defenderlo como eran la voz, edad o conocimiento del personaje. Los productores de Warner, ofrecieron a Julie la posibilidad de doblar a Audrey Hepburn en las canciones, pero claro Julie no aceptó. Por su parte Audrey Hepburn insistió en cantar ella las canciones, defendiendo que una interpretación no es completa si se la priva de la voz, llegando incluso a grabar algún tema, pero el estudio desconfiando de sus posibilidades, apostó a caballo ganador y contrató a Marni Nixon, que ya fué la voz de Natalie Wood en West Side Story.

Cosas del destino, Walt Disney contrató ese mismo año a Julie Andrews para protagonizar el musical infantil “Mary Poppins” y compitieron las dos películas en la ceremonia de los Oscar de 1964. My Fair Lady arrasa con ocho premios Oscar, pero la gran vencedora de la noche es Julie Andrews que se alza con el Oscar a la mejor intérprete femenina por “Mary Poppins” y cuando sube a recoger su premio agradeció a los hermanos Warner que no la escogieran para protagonizar My Fair Lady y poder así haber conseguido el Oscar a la mejor actriz , cuando Audrey Hepburn no fue ni siquiera nominada.

Como curiosidad de algunas de las aberraciones que se hacían por la época en nuestro país, cuando se estrenó en cine “Mary Poppins” también se dobló a Julie Andrews, al igual que en “Sonrisas y lágrimas” (The sound of music), de forma que hasta la aparición del DVD en España, ningún español había oido cantar a Julie Andrews en ninguna de sus películas, aunque no hace falta irse tan lejos ya que “El fantasma de la Opera” (The Phantom of the Opera), también se estrenó en cines con un doblaje nefasto y no por culpa de los cantantes, sino por la adaptación de las letras y lo ininteligible de los textos.

La partitura musical es elegante como suele serlo en las composiciones de Lerner & Loewe, aún así se escogió al prestigioso compositor André Previn para que se hiciese cargo de la supervisión musical y dirección de la orquesta, mientras que en las orquestaciones estuvieron Alexander Courage, Robert Franklyn y Al Woodbury.

Las canciones han crecido independiente de la película, así “I could have dance all night” y “On the street where you live” quizá sean las más famosas, aunque “The rain in Spain“, “With a little bit of luck“, “Give me to the church on time” o “Show me” no tienen nada que envidiarles. Los números instrumentales como la “Overture” o “The Embassy Waltz” y muchos más nos pueden dar una idea de la capacidad musical de Frederick Loewe, indiscutiblemente uno de los grandes del teatro musical.

Es conocida la anécdota de cuando preparando el estreno, paseando por los alrededores del teatro Rex Harrison y Alan Jay Lerner, comentando sobre sus largas listas de matrimonios, tres en el caso del actor y ocho en el caso del letrista, de repente el actor se quedó parado en medio de la acera y a pleno pulmón le soltó a Lerner: “Alan!. Sería maravilloso si ambos fuésemos homosexuales”, consiguiendo que varias cabezas se girasen asombradas a mirarles. Casualmente ésta fue la idea que  llevó a Lerner a la frase del texto de “¿Por qué la mujer no puede ser como el hombre?”, que fue el arranque de la canción “A hymn to him” (Un himno para él).

Cameron Mackintosh, el famoso productor inglés, vio el musical con 13 años y ha sido como su buque insignia, que ha repuesto en muchísimas ocasiones, siendo la última de ellas en el año 2001, con un excelente Jonathan Pryce como profesor Higgins que consiguió borrar el recuerdo de Rex Harrison con su creación del personaje. Ese mismo año también se estrenó en España con Paloma San Basilio y José Sacristán en los papeles principales, aunque la mayor salva de aplausos se la llevaba Joan Crosas cada noche con su excelente interpretación del padre de Eliza.

Para esta última reposición del año 2001,  volvió a tocarse el final aunque de una forma muy, muy sutil. En los tiempos que corren, hubiera chirriado el final original en el que cuando vuelve Eliza, Higgins le ordena que le lleve las zapatillas, con la seguridad de que ella las llevará y es él quien sigue controlando la relación. En el final del año 2001, tras la orden de Higgins, Eliza no se mueve y Higgins se gira a mirarla y ambos estallan en una sonora carcajada, como reconociendo que son conscientes de que no solo ha cambiado Higgins a Eliza, sino que ésta también ha hecho lo propio con el profesor.

MUSICA: Frederick Loewe

LETRAS: Alan Jay Lerner

Existen muchas versiones en audio de este musical y puestos a recomendar valdría cualquiera: el original de Broadway, el de la película, el de Londres o el español del 2001, aunque este último es bastante difícil de encontrar ya que está descatalogado hace mucho tiempo.

También está a la venta el DVD y el blu ray de la película que como he dicho lleva los audios en inglés con subtitulos y totalmente doblado al español, canciones incluidas.