Musicales Fringe en Londres

Las producciones de teatro alternativo en Londres, como quiera que el nivel del país y la ciudad teatralmente hablando es muy alto, está acorde con el de estas producciones llamadas “fringe”, refiriéndose a un estar al límite de lo comercial y en los que podemos encontrar intérpretes conocidos del West End, que tienen que trabajar y vivir, rebajando sus honorarios para poder estar “en cartel” y en activo.

En esta última escapada tuve la suerte de poder asistir a dos de estas producciones y digo suerte por varias razones, primero, al no tener la infraestructura de los grandes teatros, en ocasiones la venta de entradas es vía teléfono o a través de una página web, que no funciona todo lo bien que quisieras y hay que recurrir al contacto vía mail, con lo cual hay que preverlo con antelación, puesto que las producciones suelen estar como un mes en cartel y dado que el aforo de los locales es pequeño, las entradas disponibles suelen volar fácilmente.

El Landor Theatre está en un pub típico inglés al que se llega fácilmente en metro y en el que se puede cenar, antes o después de la función. El teatro está en el piso de arriba, justo sobre el pub. El espacio destinado a escenario es minúsculo y a su alrededor distribuyen sesenta sillas en dos filas destinadas al público. La obra en concreto que se representaba en el Landor era RAGTIME de Stephen Flaherty, que para quien no conozca la obra, no será capaz de valorar la hazaña de encajar en tan reducidas dimensiones a 23 intérpretes, 5 músicos y 60 espectadores.

Si a ello añadimos que el precio de la entrada es único, a 16 libras por persona, frente las 80 ó 65 que suele costar una entrada en el West End, hace que todavía me maraville más ese amor al teatro en el que se suple la falta de presupuesto con amor a la profesión, potenciando la imaginación por parte de los creadores y del público para contarnos una historia. Me resultaba curioso tener como Tateh a John Barr, al que recordaba de “Batboy” en el Shaftsbury Theatre, o a Rosalind James como Sarah, tras haberla visto como Eponine en la producción de “Les Miserables” del Barbican el año pasado.

Además esta producción en la que nos cuenta el arranque del siglo veinte en New York, donde hay que hacer ropa para los 23 intérpretes en las diferentes escenas de la obra, aparte de “hacernos ver” un barco en el que llegan los inmigrantes, una producción en un teatro de cabaret con unas bailarinas y la estrella que tendrán su coreografía y demás, o cómo se destroza un coche porque el propietario es un negro…., por poner algunos ejemplos de retos escénicos a superar. Por otro lado, “RAGTIME” es una obra con muchos personajes y muchas voces, con lo que los números corales en aquel salón, a tan escasa distancia de los intérpretes, realmente llegaban con suma facilidad, porque tú estás dentro.

La otra producción fue en el Union Theatre en el que había estado a primeros de año viendo “On the 20th Century”, musical al que le tenía muchas ganas y que me lo pasé en grande, aunque le reconocía la endeble infraestructura, ya que al pedir un programa me dieron unas hojas fotocopiadas de algo escrito a máquina, pero ahora han cambiado y para mejor, ya tienen programas impresos con fotos del reparto, con diseño original del cartel anunciador de la producción y el espacio escénico está mucho mejor distribuido, en tres bloques que forman como una herradura abierta, que permitía cierto movimiento a los actores entre el público. Es curioso que las sillas para el público, pueden ser cada una de un padre y una madre, o distinguir bloques en una fila con cuatro butacas iguales y diferentes del resto, pero en conjunto estaba mucho mejor que cuando fui en Enero de 2011.

En esta ocasión el musical era “THE BAKER’S WIFE” de Stephen Schwartz con una utilización del espacio muy creativa, en la que mantenía actores hablando entre ellos en pequeños grupos, de forma que cuando el público entramos a la sala, era como llegar al pueblecito donde se desarrolla la acción. Los actores incluso durante la representación, aunque no tuviesen intervención directa en la acción, seguían en escena simulando hablar entre ellos y distribuidos entre el público.

Me llamó la atención reconocer como Aimable, el panadero protagonista a Michael Matus, al que había visto últimamente como el Tito Morelli de “Lend me a tenor” en el West End. El resto de intérpretes eran casi todos bastante jóvenes, lo cual me sorprendió, ya que en la visita anterior a este teatro eran todos como “muy mayores”, mientras que aquí estaban todos estupendamente elegidos en cuanto a físico y capacidad interpretativa. Con respecto a la música, prácticamente hicieron toda la obra con el apoyo de un piano y un cello.

La pareja joven protagonista, guapísimos y perfectos en sus papeles, no llegaron a impactarme con sus voces cuando tuvieron que cantar los dos pesos pesados que tiene la obra “Proud lady” y “Meadowlark”. No es que las cantasen mal, sino que les faltó ese poquito de garra que nos conecta con la emoción. Ella, Lisa Stokke, fue la Sophie original del “Mamma mia” de Londres y la Sarah Brown del “Guys and dolls” de la Donmar, o sea que no era ninguna novatilla y él Matthew Goodgame, debutó con el Billy Flynn en el “Chicago” del Adelphi y venía de hacer el “She loves me” de Chichester, tras haber sido Danny Zuko en el “Grease” que quitaron recientemente en el Picadilly Theatre, aunque no sé si de haber escuchado las piezas con una formación orquestal mayor, hubiese ayudado a sentir la pieza más emotiva.

En conjunto ésta última me gustó mucho, porque a pesar de conocerla sólo por lo que había escuchado del CD, al verla me di cuenta de otros detalles, como la infelicidad de los lugareños donde todos se tratan con rabia, estando siempre enfadados, los maridos tratan sin respeto a las mujeres a las que hacen callar o les mandan a gritos, humillándolas delante del resto de habitantes y en cuanto llegan el panadero y su joven esposa, todo se desequilibra, ante un hombre que trata amorosamente a su mujer y cuando ella huye en busca de la pasión y el romance, es entendida por el resto de mujeres, que se dan cuenta de que ellas también pueden decidir qué hacer con sus vidas.

En fin, todo un lujo porque las obras lo valían y el trabajo desde el primero al último que se emplearon en el montaje y puesta a punto, merecieron la pena.

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