
UNA PASTELERIA EN TOKIO (あん An?)
Aún recuerdo cuando decía “No me gusta la comida japonesa”. Hoy a punto de cumplir cinco años de mi viaje a Japón me hace gracia recordar aquel prejuicio. Me encantó el país y disfruté de su cocina. Descubrí otra cultura y otra forma de vida que me dejaron una huella profunda. El cuidado por la naturaleza. El respeto hacia los demás. Seguro que habrá quien me diga que no es oro todo lo que reluce, pero yo hablo por mi experiencia, que es la que tengo.
Esta película es un reflejo de todo esto. No tiene una acción trepidante ni un misterio por descubrir. Es un canto a buscar la felicidad haciendo lo que te gusta. Escuchar a tu alrededor. Estar dispuesto a aprender de los que saben más que tú y saber disfrutar del viaje. La historia en líneas generales nos muestra a un joven que atiende en un puesto callejero, vendiendo unas tortitas rellenas para saldar una deuda que tiene pendiente. Un día llega una anciana que se ofrece para ocupar un puesto vacante en la cocina, pero el joven la desestima debido a su edad. Al día siguiente la señora le regalará un envase con la pasta de relleno que ha hecho ella y todo cambiará para el joven y su relación entre ambos.
La fotografía nos muestra los cambios de estación con los colores de los árboles desde los floridos cerezos a las hojas coloridas del otoño. El ritmo de la película es como el de un buen guiso cocinado lentamente, sin nada que ver con la cocina rápida o preparada. La música acompaña muy bien a las imágenes y es de David Hadjadj, al que no conocía de nada.
Por cierto, Marisa, que a gusto me tomaría ahora un par de dorayakis.
La película está en FILMIN





