En esta producción distinta, valiente, pero algo fallida del “Follies” dirigida por Mario Gas para el Teatro Español de Madrid hay muchas cosas buenas… el problema es que también hay cosas muy malas (y lo peor de todo, perfectamente evitables en mi opinión).

Empecemos por las buenas… reconozco que cuando vi publicado el reparto por primera vez, me resultó extraño y no conseguía ver a los actores en sus personajes… aquí Mario Gas me ha dado una buena lección, porque la verdad es que el elenco funciona y muy bien (al menos el 90%).

Todos sabemos (ella la primera, y nunca pretende otra cosa) que Vicky Peña cantar cantar, lo justo, pero que es capaz de hacer suyo un personaje interpretando con maestría actoral sus temas… y en “Follies” lo hace de nuevo… quizás sea una Phyllis más amargada y menos sofisticada de lo que estamos acostumbrados, alejada de aquella fría y distante que Alexis Smith interpretó en 1971, pero sabe como nadie ser una cínica de tomo y lomo y dar la réplica a quien se le ponga por delante.

Muntsa Rius (uno de mis grandes temores, porque no alcanzaba a imaginármela en el papel) es una muy buena Sally; canta el papel estupendamente y está realmente creíble como “maruja” depresiva medio-lela que lleva años leyendo novelas tipo Corín Tellado y soñando con una vida que nunca tuvo y a la que cree que estaba destinada.

Carlos Hipólito (mi “Temor” en el reparto, con mayúsculas, no por su solvencia como actor, sino por lo complicado de su personaje tanto actoral como vocalmente) no sólo está bien, sino que está muy bien (excepto una milagrosa recuperación de borrachera de una escena a otra, va construyendo el personaje progresivamente de manera muy adecuada y acertada) Y canta muy bien! (a ver, entendamos “muy bien” como que interpreta la canción muy bien, no me digáis luego que no tiene una gran voz, porque eso nos llevaría a cuestionar a todo el reparto… al de aquí y a muchos de fuera, porque “interpretar” es distinto de “cantar” y eso tanto juke-box musical y tanta franquicia que nos rodean parecen olvidarlo).

Pep Molina es quizás el más limitado actoralmente (en comparación), pero no desluce para nada de los demás, acertando perfectamente con el tono de “The right girl” (La chica perfecta) y “Buddie’s blues” (El blues de Buddy).

Antes de seguir con el reparto, decir que los 4 protagonistas son creíbles porque la adaptación del texto es de lo mejor (yo me atrevería a decir que lo mejor) que he oído en este país; es una adaptación, no una traducción, y sabiendo lo complicado que es traducir a Sondheim, creo que el trabajo ha sido primoroso, respetuoso y con todos los acentos gramaticales y dramáticos en su sitio (suena algo obvio, pero sabéis que no es para nada lo habitual, por desgracia). Temas como “The road you didn’t take” (Aquel tren que pasó) o “In Buddy’s eyes” (Con Buddy ahí) mal adaptados me hubieran hecho supurar sangre por los oídos… en vez de eso, me hicieron supurar lágrimas por los ojos. Un 9.5 para Roser Batalla y Roger Peña.

El cuanto al resto del reparto, no creo que nadie salga del teatro sin pensar en lo afortunado que ha sido viendo a Asunción Balaguer sentirse como una niña feliz recibiendo aplausos; a pesar de que en la función del sábado “Broadway baby” (Soy corista) duró menos de lo esperado porque se comió media estrofa (el director musical supo hacer que apenas se notara, aunque su cara era todo un poema) la bordó… y no sólo la canción… sus frases (2 ó 3, tampoco es un gran papel con mucho texto) podrían pasar a los anales de frases lucidas que se convierten en legendarias por cómo están dichas. A sus 86 años, en el papel de Hattie, a veces parece perdida en el escenario, pero es increíble ver como todo el reparto la arropa; de hecho reconozco que lloré emocionado durante “Who’s that woman” (¿Quién es ella?) cuando Marisa Gerardi, que interpreta a la joven Hattie en ese número, colocada detrás de ella, le indicaba suavemente, mediante su mano en el hombro y con un cariño que es difícil de describir, los movimientos de la coreografía. Algo similar se repetía en los aplausos finales cuando Teresa Vallicrosa estaba pendiente de ella, agarrándola por la cintura, igual temerosa de que se cayera al foso, porque realmente la veterana actriz estaba radiante y casi en trance recibiendo los muy merecidísimos aplausos.

Sobre Teresa Vallicrosa, que interpreta el papel de Stella, todos sabemos que es capaz de cambiar de registro con gran facilidad y siempre sorprender para bién… y lo vuelve a hacer en “Follies”. Quizás su interpretación (incluso su vestuario) parecen demasiado modernos para lo que estamos acostumbrados de otras producciones (pero a fin de cuentas la obra se desarrolla en 1971 y creo que es correcto). Curiosamente, en las últimas reposiciones (2001 y 2011) del musical, parece que “Who’s that woman” está pensada para (con todos mis respetos, es por poner una imagen gráfica) “negra gorda de vozarrón”… pues la Vallicrosa la borda a su manera, haciéndola suya por completo… quizás al número en conjunto le falte emoción y resulte un poco caótico con tanta gente en el escenario, pero ella está muy bien y plena de fuerza.

Las dos parejas jóvenes son bastante olvidables; la verdad es que en esta producción parecen todavía más secundarias de lo normal y aunque la actuación es muy correcta y de voces están bien, pues eso, lucirse, lucirse, tampoco tienen oportunidad.

Y la “tanqueta de Leganitos”, también conocida como Massiel, pues está “tanqueta” completamente (definición de la RAE: vehículo semejante al tanque, pero dotado de mayor velocidad y mejor movilidad). Su actuación hasta el “I’m still here” (Aquí estoy) me hizo gracia y pensaba que estaba así dirigida, imprimiendo la actriz su sello al personaje, pero cuando llegó su momento, pues como que se vio poseída por el demonio y se olvidó de vocalizar y recordó (y cómo!) como gritar. Es posible que con más rodaje vaya mejorando… o al revés…

Y ahora viene uno de los problemas de casting de la producción (casi el único): Mónica López a mí me gusta mucho, es muy buena actriz, muy versátil y todo eso, pero su Solange es “rara”…. primero porque es excesivamente joven y está demasiado buenorra en comparación al resto (ni siquiera pasa por viejuna muy muy bien operada) y hace un “Ah, Paree!” (¡Ah, París!) que parece que su personaje se haya esnifado toda la caspa que había en el Español antes de que Mario Gas se hiciera cargo de él. No voy a decir que esté mal (porque objetivamente no sería cierto), pero de alguna manera desentona.

Muy bien Josep Ruiz como Roscoe en “Beautiful girls” (Qué bellas son); como ya sabréis, el papel de Weissman, aunque no aparezca como tal en el programa, lo hace el propio Mario Gas, aportando el doble juego de director de la obra real y del Follies ficticio.

La orquesta, si bien hace una obertura excesivamente lenta y pausada, suena de maravilla y hace justicia a una de las mejores partituras del teatro musical; lleva el nombre del desaparecido Manuel Gas y es el mejor homenaje que se le podía hacer.

La escenografía, muy sencilla en el fondo, parte de que la “fiesta” se hace backstage, por lo que tenemos de fondo la pared de los camerinos y la escalera que sube a ellos, sin más elementos. Muy bien la iluminación y el vestuario de los 4 protagonistas (aunque el vestido de Vicky Peña no fuera precisamente lo favorecedor que debiera) también bastante acertado (con Muntsa Rius enseñando canalillo cual Bernadette Peters en la última reposición de “Follies” en Broadway).

Hasta aquí lo bueno. En el apartado de “curioso”, decir que Mario Gas ha optado por no “asociar” a cada personaje su “fantasma” durante los números musicales (a excepción de en “Who’s that woman”). Y no es porque el reparto sea pequeño (porque hay gente de sobra), sino por una opción personal que a veces funciona, a veces no. Así, el primer acto se entiende sin problemas y se disfruta bastante (aunque no llega a entusiasmar). En una de las escenas más complicadas dramáticamente de la obra, la que corresponde al tema “Too many mornings” (Tantas mañanas), el director opta por hacer la escena a dos niveles, sin interacción entre los jóvenes y los viejos (algo habitual en anteriores producciones de Follies), aunque dejando claro que las aspiraciones románticas de la Sally viejuna chocan con la realidad de lo que el Ben joven había querido siempre de ella (sexo).

Y en cuanto a lo malo de este “Follies”, decir que, por desgracia, es muy malo, y se concentra, mayormente, en el segundo acto y en el apartado de “Loveland” en particular. Ya el propio número de “Loveland” (cuyo título no han traducido) es de hacer subir los colores, completamente fuera de lugar estética y dramáticamente; parece que has entrado en un “todo a cien” chino de Chueca, con un vestuario indefinible e indefendible y una coreografía que resulta a todas luces, mala. “Loveland” supone en el libreto de la obra la ruptura con la realidad: tenemos a las dos parejas enfrentadas, tanto en su versión actual como pasada, repitiendo viejos esquemas y rasgando la realidad de tal forma que conjuran su propio “Follies”, su propia “locura”, su propio espectáculo de variedades donde ellos y sus sentimientos serán los protagonistas. “Loveland” es la puerta de entrada y nos debe llevar a una edición especial del “Follies” dirigido por Dimitri Weissman donde ellos sean sus propios protagonistas y por tanto, a un mundo de teatro dentro del teatro. Pero la puerta que “Loveland” abre aquí es la del absurdo; de repente, si dramáticamente nos tendríamos que sentir transportados a un espectáculo de Weissman, donde los personajes se verán “atrapados” en sus propios números, ocurre que nos olvidamos de la época en la que deberíamos encontrarnos y usamos (innecesariamente) tecnología para subrayar algunas escenas, como las proyecciones de video en color sobre los telones. Sin ellas, “Buddie’s blues” (El blues de Buddy) funcionaría estupendamente, ya que la escena está muy bien construida, resulta divertida y estéticamente, a telón cerrado, queda perfecta.

Y llegamos al “Losing my mind” (Pensando en tí), sin duda la canción más conocida del espectáculo y nos encontramos con una buena traducción, una muy buena interpretación, pero en una escena absurda de nuevo donde las haya. Un tema que claramente ha de estar centrado en el personaje, aquí está diluido en una escenografía demasiado amplia, unos figurantes que ocupan espacio y distraen y una Muntsa que camina sin avanzar cual “miserable en One day more” pero que por suerte no pierde el tono del tema. Es una escena sin mucho sentido: nunca “valdría” como escena de un Follies del Weissman y no aporta nada, todo lo contrario, una verdadera lástima.

El “Lucy and Jessy” de Phyllis deja a Vicky Peña muy mal en la coreografía, carente de ritmo, pero eso sí, ella sabe defender la canción, mientras Carlos Hipólito también se luce  en “Live, laugh, love”, aunque ambos tienen que sufrir a un cuerpo de baile que como “cuerpo” deja que desear y que además tiene un vestuario feo, feo, feo; cuando se transforman, al final del tema, en una especie de muñecos poseídos por el demonio de movimientos espasmódicos y caras de malos de chiste, dan ganas de dinamitar la escena para terminar con su sufrimiento y con el del espectador lo más rápidamente posible.

Y así llega el final, y el regusto que deja este “Follies” es agridulce: se ha hecho muy bien lo más difícil y se ha fallado estrepitosamente en lo más fácil. Eso sí: hay que verlo sí o sí, que lo bueno, como ya he dicho, es muy bueno y “Follies”, aunque haya perdido parte de su carácter desde la revisión de la producción original de 1971, es una de las mejores piezas de teatro musical de la historia y es un lujo que se pueda disfrutar en nuestro país.